image

Vila Madalena

São Paulo. Todas las grandes ciudades del mundo tienen su barrio hipster y São Paulo no podía ser menos. Vila Madalena es un barrio con una creatividad que engulle, a cualquier hora del día.
Se llamaba Villa de los Harapos, por las tiendas de los indígenas que en el siglo XVI decidieron mudarse allí, para aislarse de los jesuitas que se habían instalado en el centro. Fue premonitorio, porque lo que sobra en Vila Madalena -rebautizada hace cien años por un portugués que compró las tierras y le dio el nombre de una de sus hijas- son harapos, eso si, originales, coloristas y verdaderas piezas de diseño.
Vila Madalena es sinuosa, calles con subidas y bajadas muy pronunciadas, escalones, árboles y plantas: plátanos, rosas chinas y hasta maracuyás enredados alrededor de los postes de luz. Los colores de las casas y las tiendas brillan y relucen en ausencia de edificios altos. Reinan los murales pintados en las esquinas.
Vila Madalena es bucólica, artista, bohemia sobre todo en su calle más plana, Aspicuelta, referente de almacenes de ropa y talleres de artistas, o de ambos en un mismo espacio. Sobresale un caserón reciclado detrás de un jardín de camelias y aguacates, es la tienda de Ronaldo Fraga, el diseñador contemporáneo más genial que Brasil exporta al mundo. Sus ropas son simples, cómodas, osadas pero ponibles. Todo con su distintivo estampado: un par de lentes de arcos negros.
Vila Madalena se ha convertido en el emporio de la moda y el diseño de São Paulo, en uno de los centros más importantes de la creación artística de Brasil. Lo más moderno tiene domicilio en otra de las calles del barrio, Purpurina. Como la Super Cool Market, una tienda que abrió con la propuesta de intercambiar ropas casi recién compradas: trueque, pero trueque fashion.
Al atardecer, la calma de la mañana desaparece, los ruidos surgen. Es entonces cuando Vila Madalena se torna esquizofrénica, perdida en un devenir caótico de coches y jóvenes bailando en las calles, tomando cervezas esperando para entrar en un restaurante.
Lá da Venda mezcla de almacén, cafetería y restaurante, la tienda vende productos artesanales en un espacio que recuerda a los visitantes, las viejas vendas (pequeñas tiendas tradicionales). Hay productos como toallas bordadas, ollas y sartenes, teteras y tazas, muchas de ellas realizadas por artistas de la tienda o de cooperativas y asociaciones. Dulces caseros, tartas, sándwiches, zumos y un pão de queijo, que en los últimos años gana el premio al mejor de São Paulo.
En el jardín, bajo los árboles, el restaurante sirve deliciosos platos, algunos vegetarianos y se deleita de la cocina caipira (término utilizado para designar a ciertos aspectos de la cultura de las zonas rurales tradicionales en Brasil).
Viva México, el lugar del barrio para comer tacos hasta las tres de la mañana, en la calle Fradique Coutinho, una de las más transitadas por los visitantes a pie. No es un restaurante, es una taquería.
Bar Astor, con un toque de los años 50 en la decoración, buena comida, cerveza de barril y cócteles. Astor tiene un subterráneo clandestino, Sub Astor, donde se concentra gran parte de esta tribu moderna, deseosa de creatividad y que huye de convencionalismos.
AK Vila, un pequeño restaurante peculiar con deliciosos menús para el almuerzo y la cena. Dirigido por la famosa chef Andrea Kaufmann, la estrella del menú es el picadinho brasileño con farofa, las lulas (calamares) a la provenzal, el pato con puré de chirivia o la alcachofa rellena.
Peixaria Bar e Venda. Las paredes blancas, sillas de playa, redes de pesca colgantes, boyas de color naranja y mesas rústicas de madera con manteles de plástico ayudan a hacerse una idea del escenario peculiar y colorido. En el salón principal, si mira uno hacia arriba se encuentra cara a cara con un pescado gigante de plástico, colgado del techo, como si hubiera salido de la película Tiburón.
Del mismo propietario del Bar Samba, también en Vila Madalena, Peixaria trae un poco de la cultura de playa al corazón de São Paulo. La fórmula que combina pescadería y restaurante sigue generando colas de una hora para el almuerzo después de casi un año de funcionamiento. Los pescados frescos se venden para aquellos que quieran cocinar en casa. Gran parte de los platos son preparados en una parrilla de carbón, montada en una canoa de madera.
Las cervezas vienen sumergidas en hielo picado en cajas de espuma de poliestireno blanco, las que utilizan farofeiros para llevar bebidas y aperitivos a la playa.